La Primera Vez: Relato Erótico No. 3

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¿Cuándo fue tu primera vez?

Aún la recuerdo como la primera vez que la ví, su figura, su olor y el sabor de su piel. Cada caricia y cada instante, permanecerán en mi mente por siempre.

Cristina

Siempre hay una primera vez en algún evento de nuestras vidas, que te marcan, te dejan una huella, y que de alguna forma impactan tu vida de diferentes formas. Me gusta recordar las historias, sobre todo si son agradables. 

En aquella época trabajaba en Polanco, en una empresa transnacional muy reconocida en el medio. Era mi primer trabajo y me trasladaba desde Villa Centroaméricana y del Caribe todos los días. Era un trayecto muy largo, 39 kilómetros y más por las condiciones del tránsito. 

Por suerte, podía trasladarme en auto. Salía muy temprano por la mañana y regresaba ya tarde por la noche. Una rutina diaria. 

Fue en una ocasión, que era ya un poco tarde, cuando la vi por primera vez. Estaba parada sobre Tlalpan, en una estación del camión. Y fue su vestimenta lo que atrajo mi atención, mientras manejaba, apenas la miré de reojo, pero aún la recuerdo bien. 

Llevaba una falda negra, un poco corta que dejaba ver sus piernas largas, y una mallas blancas, aún cuando no hacía tanto frío en esos días. Parte de su estilo, pensé. Era morena, muy delgada, pero se apreciaba que tenía busto y buen cuerpo en general. Cabello negro, lacio, ojos grandes y boca grande. 

La Primera Vez
La Primera Vez

La miré por una fracción de segundo, y sin detenerme, seguí mi camino. Una chica que jamás volvería a ver. 

Me quedé pensando en ella, sin duda me había gustado y bueno, el tráfico de Tlalpan, te da bastante tiempo para pensar. 

Pasaron los días con la misma rutina, y una noche, al pasar casi por el mismo lugar, sentí una mirada, y al voltear la encontré de nuevo. Era ella quién me miraba sonriente, como diciendo “ven” de forma maliciosa. En aquella ocasión llevaba unos jeans de mezclilla y un top negro. Perfectamente bien arreglada. 

Fue entonces que se metió una mano dentro del top y se sacó un seno. Era bastante obvia la situación. Pero aún así estaba anonadado.

Me dejó impresionado esa mujer, quería conocerla, pero, la verdad, no sabía que decirle, y nunca tuve la intención de detenerme. Seguí mi camino, seguí mi rutina.

Así pasaron más días. No le volví a ver por un tiempo, hasta aquel día. Ya antes había pensado que me detendría si la volvía a ver. Y sucedió. A lo lejos la vi, casi en el mismo lugar, con su pantalón de mezclilla y una playera negra. Con una amplia sonrisa y su cabello suelto.

Me fui orillando y me detuve a su lado, parecía que me estaba esperando. Bajé la ventana del lado del pasajero y no hubo necesidad de decir nada. Ella me dijo todo en un instante, finalizando con un “¿Vamos?”

No podía decir que no, después de todo me atraía mucho. Le abrí la puerta del auto y se subió de inmediato, tenía un olor agradable, pero percibía otro aroma que me era familiar, pero no lograba identificarlo en ese instante.

Me indicó hacia donde estaba el hotel, era muy cerca de ahí, un hotel grande, no muy viejo. Estacioné el auto y fuimos a la recepción, pedí una habitación, ella parecía notar mi novatez y daba indicaciones de lo que se tenía que hacer. Era gracioso, pidió los condones, me pidió el dinero y pago. Recargaba el codo en el mostrador, poniendo su mejilla en su mano y mirándome muy entretenida con mis dudas.

Se veía feliz y yo también. Subimos a la habitación, los pasillos del hotel eran muy amplios y se veía muy vacío. Me pidió la llave y me condujo a la habitación.

Comenzamos a besarnos, realmente me gustaba esa mujer, se veía un poco más grande que yo, pero tenía una alegría que te contagiaba.

Le toqué sus senos y ella se soltó a carcajadas, cuando vio, que en mi mano, tenía uno de los rellenos que usaba. También me dio risa, le saqué el otro, le quité la playera y le bajé el brassier. – Está bien. – Le dije, y fui directamente a sus senos para besarlos. Me encantó su suavidad y la forma en que podía juntarlos y meterlos en mi boca.

Le quité el pantalón de mezclilla, y noté que llevaba sus mallas negras, y no sólo eso; tenía otras mallas blancas debajo de las negras. Fue entonces que me dí cuenta, de cuan delgada era. – Me gustan flaquitas… -, pensé.

Tenía una tanga de encaje negro que le ajustaba muy bien. Afortunadamente, no encontré ningún paquete más ahí, o alguna cosa rara. Le quité la tanga y la dejé con las medias. Seguí besándola, era muy efusiva y agradable.

Me puse el condón y ella se recostó en la cama. Abrió las piernas, se veían muy largas y su vagina estaba sin rasurar. Le metí mi pene y pude sentir como se dejaba llevar. Estuvimos en esa posición por un buen rato, parecía que le gustaba ser pasiva y que se lo hicieran. Yo disfruté mucho de su cuerpo, me puse boca arriba y le pedí que se montará, se movía muy bien y me encantó cuando se llevó uno de sus pezones a la boca y comenzó a chuparlo. En ese momento la besé, con su pezón, jugando con nuestras lenguas.

Después, me senté en el borde de la cama, se montó en mí hasta venirse, mientras le agarraba las nalgas con las de dos manos, y me vine con ella.

Me abrazo, y se quedó así por largo rato. Sentía su respiración, el palpitar de su corazón y todos sus olores. Me recosté y ella quedó sobre mí, inmóvil. Parecía que estaba dormida, pero sólo descansaba, feliz. Después de un rato se levantó y dijo: ¿Me pagas?

Nunca más logré verla, pero guardo su recuerdo en mi memoria.

Ah, y ¿qué era el olor? Vitamina B.

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